Mostrando entradas con la etiqueta paz matrimonial. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta paz matrimonial. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de enero de 2015

Padres sinodales, ¿a qué cultura nos acomodamos?


Un artículo de Ernesto Juliá                          El Confidencial

Algunos que se firman teólogos hablan, a propósito del Sínodo sobre la familia del próximo mes de octubre, y dicen que la Iglesia ha de recuperar “la lectura del Evangelio que hizo el Concilio basándose en la cultura moderna”.

No añaden mucho más para que uno pueda hacerse cargo de que es lo que ellos entienden por “cultura moderna”. Y, por supuesto, tampoco señalan ningún punto de referencia para identificar a que “cultura moderna” se refieren: ¿a la que se apoya en Kant; a la que se inspira en Hegel; a la que proclama el superhombre de Nietzsche; a la que impone el materialismo económico de Marx; a la que propagan los y las “ideologistas de “género”; a la que se inspira en el panteismo de Spinoza; a la que se fundamenta en la revolución sexual pseudofreudiana; a la existencialista de Sartre; etc., etc., que llevan a esa pérdida de “sentido vital”, de “vacío existencial” que encontramos a cada paso en nuestro mundo occidental?

Parece que lo importante es hacer siempre una lectura nueva del Evangelio para acabar acomodándolo a la perspectiva del placer y de la conveniencia humana; y desfigurarlo de tal modo que quedé solo la luz de un cierto hombre histórico; y desaparezca la Luz que vino del Cielo, el Verbo de Dios encarnado: Jesucristo.

Y no sólo que desaparezca esa Luz; sino también, con ella, se borre del horizonte del mirar humano la llamada de Dios al hombre para que, en sus Mandamientos, descubra la grandeza de ser cristiano, la belleza de Dios en él, y su invitación para que coopere con Él en llevar adelante la maravillosa obra de la creación, de la redención, de la santificación de sus hijos los hombres.

“El criterio de realidad, de una Palabra ya encarnada y siempre buscando encarnarse, es esencial a la evangelización. Nos lleva, por un lado a valorar la historia de la Iglesia como historia de salvación, a recordar a nuestros santos que inculturalizaron el Evangelio en la vida de nuestros pueblos, a recoger la rica tradición bimilenaria de la Iglesia, sin pretender elaborar un pensamiento desconectado de ese tesoro, como si quisiéramos inventar el Evangelio” ("La alegría del Evangelio", n. 233).

Las palabras del Papa Francisco no dejan mucho lugar a las interpretaciones tan variadas y contradictorias que sufren otras afirmaciones suyas. El Evangelio no hay que “inventarlo”; hay que seguir descubriéndolo en todos sus tesoros; y no comenzando el descubrimiento desde cero, sino siguiendo los cauces bimilenarios de las afirmaciones del Magisterio de la Iglesia solemne y definitivo.

Este año 2015 va a estar iluminado en la Iglesia por la luz de Sacramento del Matrimonio, en el que tiene fundamento la Familia cristiana, y que el Señor, al instituirlo, reafirmó esa luz señalando con toda claridad: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mt 19, 6).

Son muchos los cristianos que esperan que los “padres sinodales”, en vez de enfrascarse en discusiones en torno a la posibilidad de “segundos matrimonios”, sin que la muerte haya separado lo que de otra manera no se puede separar;  o de concentrar todos sus esfuerzos en descubrir mejores procedimientos para agilizar las “declaraciones de nulidad matrimonial”, cosa que ciertamente es muy necesario; sin llegar, en todo caso, como ya ha hecho alguno, a hablar sencillamente de “divorcio en la Iglesia”.

Muchos cristianos creyentes y practicantes, insisto, anhelan que los “padres sinodales”, sin dejar de ponderar los problemas que afectan hoy a la familia,  subrayen el camino para resolverlos a ensalzando la grandeza humana y divina del Matrimonio, de la Familia cristiana; del amor conyugal, del amor a los hijos, de la formación en la Fe cristiana de los hijos;  y anuncien “con alegría y convicción la 'buena nueva' sobre la familia que tiene absoluta necesidad de escuchar siempre de nuevo y de entender cada vez mejor las palabras auténticas que revelan su identidad, sus recursos interiores, la importancia de su misión en la ciudad de los hombres y en la de Dios” (Familiaris consortio, n. 86).

San Juan Pablo II, en las primeras semanas de su pontificado recibió a un grupo de matrimonios y les dijo: «El futuro de la Iglesia y de la humanidad nace y crece en la familia». Luego repetiría los mismos términos, de una manera u otra, en incontables ocasiones durante su largo y fecundo pontificado, y continúa repitiendo el Papa Francisco.

“Familia, ¡"sé" lo que "eres"!”. Otra invitación de todos los Papas, conscientes de que la roca en la que se apoya esa identidad es la “indisolubilidad del vínculo matrimonial”.

La indisolubilidad no es solamente una meta a la que tiende el matrimonio, la familia, como alguno ha afirmado. La indisolubilidad, además de ser la roca, el fundamento, en la que se apoya el proyecto sacramental de la familia, es el manantial de agua fresca y límpida, en el que los esposos, hombre y mujer, mujer y hombre, beben y renuevan su amor, sus fuerzas, su empeño familiar cada día.

¿A qué cultura nos acomodamos? Benedicto XVI comentó: “Es necesario que en la autocrítica de la edad moderna confluya también una autocrítica del cristianismo moderno, que debe aprender siempre a comprenderse a sí mismo a partir de sus propias raíces” (Spes salvi, n. 22). Desde sus propias raíces, el cristianismo se injerta en todas las culturas: lo examina todo y se queda con lo bueno. Las redime del mal, y las injerta en el bien.

Papa Francisco invita a “no inventar nada”; Benedicto XVI, a “volver a las raíces; Juan Pablo II, a “anunciar con alegría la 'buena nueva' de la familia”. El mensaje es unánime.

“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mt 16, 9).




lunes, 30 de diciembre de 2013

Más generosos, más satisfechos en el matrimonio


Un matrimonio generoso tiene más posibilidades de ser feliz.. Un estudio publicado por The Family Watch nos permite comprender por qué los pequeños actos de servicio, las muestras frecuentes de afecto y el perdón mejoran la convivencia matrimonial.

Articulo de Juan Messeguer / www.aceprensa.com


En algunas columnas dedicadas a las relaciones de pareja es frecuente que, por un lado, se exalten las emociones intensas y, por otro, se haga un elogio de los vínculos frágiles. Cada cual tendría derecho a vivir romances apasionados, siempre y cuando se reserve a la vez el suficiente espacio para poner tierra de por medio y evitar así el escozor de unos compromisos demasiado agobiantes.

Tal y como la describe el sociólogo Zygmunt Bauman en su libro Amor líquido, la nueva norma que recomiendan estos consejeros a sus lectores es “que presten más atención a su capacidad interior para el goce y el placer, así como menos "dependencia" de los otros, menos atención a las exigencias de los otros, y mayor distancia y frialdad a la hora de calcular pérdidas y ganancias”.

Semejante norma entronca con el modelo individualista de matrimonio que, según los autores del estudio (1), parece estar calando entre muchos norteamericanos. Es a partir de los años setenta del siglo pasado cuando “el matrimonio empieza a verse como un instrumento para satisfacer necesidades personales antes que como una oportunidad para servir al otro cónyuge en la vida corriente, algo que es bueno para ambos”, explica W. Bradford Wilcox, profesor de sociología de la Universidad de Virginia, autor de la investigación junto con Jeffrey Dew.

Un contrapeso a esta visión lo constituyen los hábitos de la generosidad y el sacrificio, los cuales requieren que ambos cónyuges pongan las necesidades del otro por delante de las suyas. Sin esa renuncia por parte de ambos, el equilibrio salta por los aires y la estabilidad matrimonial se tambalea.

Para estudiar cómo influyen estos hábitos en la satisfacción de los esposos con su matrimonio, los autores se basaron en la Survey of Marital Generosity. Esta encuesta es una muestra nacional representativa de individuos casados (1.705 varones y 1.745 mujeres; de ellos, 1.630 estaban casados entre sí) que fueron entrevistados entre 2010 y 2011. Los encuestados tenían entre 18 y 45 años, aunque los cónyuges del participante principal podían tener hasta 55 años.

Tres formas de generosidad
En el estudio, la generosidad es definida como “la virtud de dar cosas buenas al otro cónyuge libremente y en abundancia”. Se han valorado tres comportamientos concretos: los pequeños actos de servicio (por ejemplo, hacer el café por la mañana); las muestras frecuentes de afecto; y el perdón. Ninguno de estos tres actos son obligaciones estrictas del matrimonio, como sí lo son la fidelidad, la ayuda mutua o el apoyo económico.

Según los autores, el comportamiento generoso es tan decisivo en la vida conyugal porque “envía el mensaje al otro de que se quiere mantener la relación”. En el caso de los actos de servicio, por ejemplo, presupone conocer las preferencias del cónyuge; además, son ocasión para dar nuevas sorpresas y “tienden a provocar un sentido de gratitud en el cónyuge que los recibe; gratitud que, a su vez, está vinculada con emociones positivas” como la felicidad.

Por su parte, las muestras frecuentes de afecto favorecen la empatía y la comunicación. Puede parecer evidente, pero a menudo estas manifestaciones se pasan por alto cuando la gente anda de cabeza. A veces ocurre que, al llegar a casa, los esposos se entretienen con las redes sociales o con la televisión. O bien se entregan a sus hijos con tanta dedicación que les queda poco tiempo para cultivar su matrimonio.

Perdonar es un acto especial de generosidad porque, sin que pueda ser exigido, absuelve de la culpa al cónyuge por la ofensa recibida o por no haber estado a la altura.

Cuidar lo pequeño
El estudio destaca, como primera conclusión, que la generosidad de uno de los cónyuges favorece que ambos esposos –tanto el que da como el que recibe– se sientan mejor en el matrimonio, lo que a su vez aleja la probabilidad de divorcio.

Un matrimonio generoso da lugar a un “círculo virtuoso”, de modo que la entrega de uno de los cónyuges acaba llamando a la entrega del otro. El estudio constata cómo los pequeños sacrificios pueden aumentar los sentimientos de autoestima del cónyuge que se beneficia de ellos, así como avivar su sentido de gratitud y aprecio hacia el que los realiza.

Ahora bien, como advierten los autores en la discusión de las conclusiones, el comportamiento generoso no ha de verse como un anzuelo para ganarse el favor del cónyuge. De hecho, “la generosidad suele estar motivada por el deseo de beneficiar al otro, y no de recibir algo a cambio. Una conducta basada en el esquema "doy para que me des" no parece compatible con la idea de la generosidad”.

Otra conclusión interesante es que para mejorar la convivencia entre los esposos no hace falta recurrir a grandes gestos de generosidad, sino que a menudo bastarán pequeñas acciones positivas que introducen mayor novedad en el matrimonio.

_____________________________________

Notas(1) Jeffrey Dew y W. Bradford Wilcox. “¿Da y recibirás? Generosidad, sacrificio y calidad conyugal”. 1 septiembre 2012. IFFD PAPERS nº 12. Producido por The Family Watch.








miércoles, 8 de mayo de 2013

La economía del amor




El matrimonio y el amor no tratan acerca de quién está equivocado y quién tiene razón; sino sobre quién está a tu lado.

artículo de Ben Stein / fuente: The American Spectator


Ben Stein escribe un reciente y ameno artículo en The American Spectator en el que habla sobre “la economía del amor”; ciencia que aplica a un caso práctico. Recuerda cómo un viejo profesor de economía le explicó que “la economía trata sobre la asignación de los bienes escasos”. Esta definición perfecta se puede aplicar sobre el más escaso y más preciado de todos los bienes: el amor.

Un pariente muy cercano de Stein, T, casado hace cuatro años con una joven y hermosa mujer, fue a su casa para ver el torneo americano de la Super Bowl. Al entrar, Stein observó que T estaba agitado y muy molesto por un contratiempo que había tenido esa mañana con su esposa. Según él, ella le había respondido muy mal cuando él le preguntó por qué estaba tomando una ducha por la mañana en vez de por la noche.

Stein intentó tranquilizar a su amigo y le dijo que se trataría de una broma, pero T no lo creía así y continuaba histérico. Sin embargo, el fútbol lo tranquilizó temporalmente. Para Stein, el mayor programa de promoción de la salud mental en el país, tal vez en el mundo, es la difusión televisiva de eventos deportivos de primer nivel.

T volvió a la carga diciendo que quería que su mujer le pidiera disculpas. Stein, con más experiencia, le ofreció varias reflexiones: “Discusiones entre maridos y esposas, especialmente jóvenes, son solo una parte del paisaje. Son inevitables. Cuando las parejas casadas son jóvenes, aún no han aprendido que el activo real en su vida no es su ego o el orgullo individual. La gran ventaja es el matrimonio mismo”.

El joven pariente insistía en que quería que ella se disculpase. Stein le hizo ver que, de vez en cuando, “ella se exaspera y estalla, pero su amor por ti es abrumador… ¿Qué harías si ella te dejara?” Sin dudarlo un momento, T dijo: “me mataría”.

“Eso es lo que pensé que ibas a decir” , respondió Stein, que continuó con su argumentación: “En ese caso, ¿por qué quedarte enfadado con ella y propiciar el más mínimo riesgo de que pudiera hacer eso? ¿Por qué no haces un esfuerzo por mantener la calma y dar tiempo para sanar la situación, a la vez que usas palabras amables? (…) El más raro de los tesoros es el amor de una buena mujer o un hombre. Es el más escaso de los bienes en este planeta. No hagas nada que pueda, incluso remotamente, exponerte a perder el amor de tu mujer”.

Stein veía que su tratamiento iba haciendo efecto y prosiguió: “¿Por qué no le envías ahora un texto que diga: sé que no soy el mejor marido. Sé que te lo he hecho pasar mal una y otra vez. Pero sé que eres la mejor esposa que existe. Estoy en estado de asombro perpetuo por tenerte como mi mujer. Pero aún así, lo que me dijiste esta mañana me dolió profundamente. No es nada comparado con todo lo que compartimos. Por lo tanto, vamos a dejarlo atrás y seguir adelante… Y, por supuesto, te quiero más cada día y solo quiero que nos mantengamos unidos, más que nada en el mundo”.

El economista del amor explicaba a su joven amigo: “El matrimonio y el amor no tratan acerca de quién tiene razón y quién está equivocado (…) El amor y el matrimonio tratan sobre quién está a tu lado. Lo clave para ti es formar una de las parejas que todavía están juntos cuando llevan 50 años en el camino (…) Invierte en la paz de la mente; no en el pillaje y el saqueo de la autoestima de tu mujer. La paz es hermosa y los dividendos que paga la paz en el matrimonio son inmensos (…) El único activo que realmente significa la vida o la muerte para vosotros es estar juntos. La inversión en la paz en tu propia vida es la mejor inversión que puede hacer (…) El valor del bien a adquirir, solo por unas pocas palabras amorosas, es simplemente incalculable”.

Stein citó a su amigo Jesse Jackson, quien tenía una gran frase que utilizaba cuando se encontraba en una pelea con alguien: “Pasemos del terreno de batalla a un terreno común, a tierras más altas”. “El terreno común, cuando estás tranquilo, es saber que el amor de tu esposa es tu activo más valioso, el que más felicidad te produce”.