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miércoles, 12 de junio de 2013

Sobre una biografía de Hannah Arendt... [Quizá un buen hombre es difícil de encontrar, pero no un libro…]

“Para mí, lo esencial es comprender”. La vida y obra de Hannah Arendt podría resumirse en estas palabras suyas. Judía de raza, alemana de nacimiento y formación, exiliada, apátrida, rechazada por ser judía y criticada por los judíos, filósofa y periodista


entrevista  de Lucía Martínez a Teresa Gutiérrez/ www.aceprensa.com


En 2013 se cumplen 50 años de la publicación de Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal, libro que recogía sus reportajes para The New Yorker cubriendo el juicio a Adolf Eichmann, el nazi responsable de poner en práctica la “solución final”. Y es precisamente este episodio en el que se centra la película Hannah Arendt, que se estrena el 21 de junio en España (ver Aceprensa, 15-05-2013). 

 
El hilo argumental de la película Hannah Arendt es el caso del juicio a Eichmann en Jerusalén en 1961. Alejandro Llano, en la introducción de su libro, señala que este episodio es el clímax de la biografía de Arendt. ¿Qué piensa usted?

El juicio de Eichmann es un suceso que acrisola la vida de Hannah Arendt. Ella llevaba mucho tiempo pensando y escribiendo sobre la cuestión judía. Había nacido en Alemania, pero era judía de raza, y por ese “hecho incontrovertible”, como ella lo llamaba, había tenido que huir primero de su país, luego de Francia, hasta llegar a Estados Unidos y empezar su vida de cero. 

Además, creo que Arendt es una de las mentes más lúcidas del siglo XX y más preparadas para enfrentarse al juicio de Eichmann. Enfrentarse a entender qué pudo pasar para que en uno de los países más civilizados de la historia, en uno de los momentos de apogeo de su cultura, se cometiera una atrocidad así. Intentar comprender eso es un desafío, pero por su formación cultural, literaria y filosófica, era una de las personas más idóneas para ello. También por su capacidad de divulgar. Poseía una originalidad muy grande a la hora de afrontar las cuestiones intelectuales, porque huía del tópico y eso aportaba mucha frescura a su modo de entender las cosas.


La banalidad del mal


¿Por qué recibió críticas tras la publicación de “Eichmann en Jerusalén”?

Sus crónicas del juicio levantaron ampollas por dos razones. Primero porque se malinterpretó el subtítulo del libro: Un estudio sobre la banalidad del mal. Arendt se percató de que mucha gente durante el nazismo no actuó por una maldad radical sino por superficialidad, que es lo que ella denomina “mal banal”. No en el sentido de que el efecto del mal sea banal –que es lo que muchos interpretaron–, como si fuera un mal de segunda clase; sino en el sentido de que el sujeto que comete ese mal es tan superficial que su intención acaba convirtiéndose en frívola. Y claro, eso es grave, porque si metes presión en un ambiente superficial, es relativamente fácil que la gente se vuelva irreflexiva y actúe más por miedo o por impulsos que por un verdadero sentido de las cosas.  


Se dijo que Arendt estaba intentando exculpar a Eichmann de sus crímenes…

Lo que quiso decir y lo que de hecho dijo es que ese hombre no era un demonio, sino un ser irreflexivo. Pero lo que molestó realmente fue que una judía dijera que había habido judíos que colaboraron –por temor, por presión, por irreflexión, o por los motivos que fueran– con los nazis para reclutar a otros judíos y organizarlos tanto para deportaciones como en los campos de concentración. Y que lo dijera en un momento en el que toda una serie de actuaciones políticas (como echar palestinos de sus tierras) se estaban justificando por el crimen del Holocausto. Arendt no calló en ningún momento que le parecía tan mal que se hubieran matado judíos por motivo de raza, como que se estuvieran matando árabes por ser árabes.

Arendt se dio cuenta de que mucha gente durante el nazismo no actuó por una maldad radical sino por superficialidad. 


Honradez intelectual

A raíz del libro sobre el juicio a Eichmann, las instituciones judías y también algunos de sus más íntimos rompieron con ella. ¿Cómo lo llevó Arendt?

Ser rechazada por su pueblo le causó mucho sufrimiento. En el juicio de Eichmann se dio una tensión entre su identidad judía y su honradez intelectual. Ella tenía un afán de comprender y de comunicar. Podía haber escrito reportajes no comprometidos, una crónica de los hechos aséptica. Pero ahí se muestra su lealtad a la verdad: no era capaz de decir verdades a medias porque se daba cuenta de la trascendencia que tenía aquel caso.



Esa honradez intelectual se ve en toda su obra. No era políticamente correcta y siempre mantuvo una lucha contra el pensamiento único. En “Los orígenes del totalitarismo”, por ejemplo, critica tanto el nacionalsocialismo como el estalinismo…

Y luego, siendo ya una intelectual muy reconocida en Estados Unidos, cuando se estaba jugando la repercusión de su obra, también criticó la caza de brujas del senador McCarthy. Ahí se ve que era una filósofa –aunque a ella nunca le gustó que la clasificaran así– en el sentido más profundo del término: amante de la sabiduría. Quienes aman la sabiduría antes o después se encuentran con que defender la verdad puede resultar incómodo, pero la aman tanto que arriesgan su propia vida.


En este sentido usted en su libro dice que Hannah Arendt es una “Antígona hebrea”…

Sí. Ambas mujeres comparten el amor y el convencimiento por una verdad hasta ser capaces de dar la vida por ella. Y la vida se puede dar de muchas maneras. Existe el martirio de quien es asesinado, pero también hay un martirio intelectual. Para Hannah Arendt, que tenía que empezar su vida de cero en otro país, la fama y la carrera profesional significaban su estabilidad económica, su seguridad, su tranquilidad, el reconocimiento merecido… Pero todo eso para ella era irrelevante en comparación con la verdad. Es el caso totalmente opuesto a Eichmann, que era un hombre en el que lo que primaba era la carrera profesional, el reconocimiento de quienes le rodeaban, aunque para eso tuviera que sacrificar millones de vidas. 

¿Por qué decidió Arendt involucrarse en el caso del juicio de Eichmann?

Ella se ofreció a la revista The New Yorker para cubrir el juicio porque era consciente de que se trataba de algo muy relevante. El juicio de Eichmann fue un acontecimiento mediático, pero tras el fulgor inicial algunos periodistas se quedaron en lo puramente anecdótico, y muchos se volvieron pronto a su país e informaban a través de fuentes secundarias. Hannah no. Se tomó en serio la tarea de informar y se empapó a fondo: habló con fuentes cercanas, investigó, escuchó de primera mano lo que decía el acusado, cómo se comportaban los jueces, el fiscal… Pasó varios meses en Israel y otros tantos en Estados Unidos recabando y ordenando toda su documentación. 


Filósofa y periodista



Está preparando un nuevo libro sobre la vertiente periodística de Hannah Arendt. Filósofa y periodista, ¿están relacionadas de algún modo estas dos vocaciones? 

Como dije antes, a ella no le gustaba que la clasificaran como filósofa, porque asociaba la filosofía a una carrera académica enlatada entre los muros de una universidad, y ella lo que continuamente reflejaba era que necesitaba comprender. Pienso que esa raíz de necesitar comprender es la vocación verdadera de un filósofo. No solamente especular sobre teorías, sino que esas teorías empapen la vida que estás viviendo y el sentido que puedas dar con tu investigación a tu propia vida y a la de los demás. Pero también es la raíz verdadera del periodismo: no solo hablar de lo que pasa sino intentar comprenderlo en profundidad y ser consciente de que el hecho de narrarlo también afecta a lo que va a pasar, porque nuestra manera de comprender la realidad condiciona cómo actuamos en el futuro. En el fondo es la misma raíz. 


Hannah Arendt defendía la emancipación de la mujer; criticaba que la mujer, realizando el mismo trabajo que un hombre, no fuera valorada de la misma manera. Con todo eso, algunos intentaron clasificarla como feminista…

Ella rechazó siempre considerarse feminista. Huía de las ideologías. Ya había sufrido suficientemente las consecuencias de una ideología como para alistarse en ninguna. Lo que ella quería era vivir ideas y pensar sobre la vida, no defender radicalmente una serie de teorías. Sencillamente ella vivía las ideas por la vía de los hechos. 


La actitud que cambia el mundo

Hannah Arendt lo que más quería era comprender la realidad. ¿Por eso la biografía que usted escribió se titula “El hechizo de la comprensión”?

Exacto. Ella explica siempre que lo que necesita es comprender. Me parece que esa necesidad tiene algo de hechizo en el sentido de que tiene algo de irresistible, algo que te embriaga, algo parecido a lo que es el amor, y ella tenía un gran amor a la verdad. 


En el cartel de la película sobre su vida aparece la frase: “Sus ideas cambiaron el mundo”. ¿Está de acuerdo con esa afirmación?

Aunque Arendt tiene un pensamiento muy novedoso y original, no creo que fuera una revolución. Considero que es más cuestión de una actitud. Hay actitudes como la de Hannah Arendt que son las que hacen falta para cambiar el mundo. Es una actitud que demuestra que solo una filosofía que está encarnada en la vida tiene sentido, que las ideas –por muy buenas que sean– no cambian la historia, sino que la cambian las personas, quienes son capaces de encarnar grandes ideas, y creo que Hannah fue de ese tipo de personas. Es llamativo que alguien como ella, que ha visto a sus amigos morir, suicidarse o ir a campos de concentración, que ha sobrevivido al Holocausto, que ha sido rechazada por ser judía, a pesar de todo no se rindiera, que fuera capaz de desarrollar un pensamiento antropológico positivo y constructivo. Me parece que esa es la actitud que cambia el mundo y eso también es lo que hace que un genio brille. 


Para Arendt, la acción por antonomasia era la acción política. ¿Su teoría política ha tenido un impacto real en la sociedad?

La acción política para Arendt es consecuencia de haber comprendido. Ella no era una activista. Su influencia la ha conseguido al contagiar una actitud vital a muchas personas. Es un efecto más bien de largo alcance: aunque hay grupos de investigación y de acción política bajo el paraguas de su nombre, pienso que es más un contagio de la “actitud Arendt” y eso es lo que a medio –o largo– plazo en la historia perdura. El espíritu de una persona que es capaz de encarnar la vida de una manera que contagia. 


La trama de la esperanza


¿Cómo consigue Arendt no perder la esperanza en el ser humano después de todo lo que tiene que vivir?

Para entender a Arendt es fundamental reconocer la conexión entre su vida y su obra, porque su obra se sustenta en la confianza en el ser humano, la confianza en que, como ella decía, el perdón es capaz de restaurar el pasado y la promesa es capaz de hacernos mirar con esperanza al futuro. En su vida hay dos aspectos que hacen de trama de esa esperanza: el amor y Dios. La herida abierta producida por el rechazo de quien fue su amante, Heidegger, se curó con su segundo marido, Heinrich Blücher, con quien no solo tenía una relación sentimental sino también una profunda amistad intelectual. 

La amargura de su relación profesor-estudiante con Heidegger se sanó con la relación preciosa maestro-alumna que sostuvo con Karl Jaspers. La brecha que supuso para ella tener que emigrar a un país lejano se suavizó con la amistad intelectual que comenzó allí, primero con muchos exiliados y después también con los autóctonos. De hecho, en su apartamento de Nueva York solía reunirse lo que denominaban “la tribu”: un conjunto de poetas, pintores, escritores, filósofos, artistas e intelectuales, de distintas escuelas, países y tendencias. 


Ha dicho que también la sostuvo Dios… Pero ella nunca practicó la religión judía.

Mucha gente cuestiona esto, pero me parece que ayuda a entender su obra y que además esa afirmación se justifica al leer su correspondencia, sus diarios, o los diarios de sus amigos. Por ejemplo, un amigo de la universidad, Hans Jonas, cuenta que en una conversación con Hannah, ella le confesó que nunca había dudado de la existencia de un Dios
personal. A lo mejor su fe no penetraba su vida con una riqueza espiritual, pero es verdad que en el ser judía de Arendt hay impresa una finalidad de la historia: que el mundo es creado y no arrojado a la nada; que el mundo avanza hacia una dirección y que alguien lo está sosteniendo; que los sucesos históricos, por duros que sean, pueden alcanzar un sentido. Es como el huérfano que sabe que ha tenido padre y su vida viene de un origen. Hannah tiene sentido de la trascendencia, de que el mundo y el hombre han salido de las manos de Dios. Eso también se ve cuando muere su marido y pide que se rece la oración judía por los difuntos. 



Respuestas a sus preguntas interiores


Algunas de sus obras parece que están relacionadas con hechos de su vida: del desengaño amoroso tras su relación con Heidegger, surge su tesis sobre el amor en san Agustín; el asunto de la cuestión judía aparece en diferentes publicaciones: en su libro sobre Rahel Varnhagen –una mujer judía en la que se vio muy reflejada– y de una manera muy intensa en “Eichmann en Jerusalén”. ¿Hasta qué punto es real la conexión entre su vida y su obra?

Con las obras que escribe busca respuestas a sus preguntas interiores. Y sus amistades fueron la trama que sostuvo no solo su esperanza y su optimismo sino también su pensamiento. Este no se entiende bien si no se lee su correspondencia en cuatro ejes: el amor afectivo, sentimental e intelectual con su marido; la relación maestro-alumna que desemboca en una amistad intelectual con Jaspers; las cartas con la escritora norteamericana Mary McCarthy, donde aparece su relación con Estados Unidos y con otros intelectuales americanos; y el cuarto eje, semiescondido, la correspondencia con Heidegger, un gran amor que sostuvo en sordina.

Sin leer esas cuatro correspondencias es imposible entender su vida y su obra. Son significativos los títulos que se les ha puesto al publicarlas: por ejemplo, las cartas con Mary McCarthy, que era la única mujer entre sus grandes amistades intelectuales, se llama "Entre amigas". La correspondencia con su marido en su traducción al inglés lleva por título Within Four Walls (Entre cuatro paredes), en referencia a cómo se despide Hannah en una de sus cartas: “Tú eres mis cuatro paredes”. Arendt también solía decir que Blücher era su “hogar portátil”.


¿Resulta actual Hannah Arendt?

Fue muy lúcida al hacer una crítica de grandes interrogantes que la modernidad no solo no ha resuelto sino que los ha agravado. En ese sentido, en la medida en que cada vez somos más superficiales para juzgar las consecuencias que tiene una filosofía desnortada, Arendt es muy actual. No solo detectó callejones sin salida, sino que intentó buscar las salidas. Y aún quedan muchos callejones así.



Bibliografía

Para conocer su pensamiento

— Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal. Lumen, Barcelona (1967, 1999, 2003); Debolsillo, Barcelona (2006).

— Los orígenes del totalitarismo. Taurus, Madrid (1974, 1988); Alianza, Madrid (1981, 1987, 2006); Planeta-Agostini, Barcelona (1994).

— Hombres en tiempos de oscuridad. Gedisa, Barcelona (1989).

— La condición humana. Paidós, Barcelona (1993).

— Sobre la revolución. Alianza, Madrid (1998, 2004).


Para conocer su vida

— Elisabeth Young-Bruehl, Hannah Arendt. Una biografía.Paidós, Barcelona (2006); ver Aceprensa, 25-10-2006.

— Teresa Gutiérrez de Cabiedes, El hechizo de la comprensión. Vida y obra de Hannah Arendt. Encuentro. Madrid (2009); ver Aceprensa, 21-04-2010.


Fuentes de información sobre Arendt en Internet











martes, 10 de abril de 2012

Por una dieta informativa más variada y sana


Descubre la verdad. No dejes que algunos, tus amigos o medios, te la digan y la asumas. 


Los medios de comunicación, los periodistas son esenciales para la democracia al hacer un relato de lo que realmente está pasando para que los ciudadanos puedan tomar decisiones fundamentadas. pero, ¿esto es realmente así? 

Artículo de Montse Doval Avendaño, profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Vigo / www.aceprensa.com / martes 10 abril de 2012

Si ya era difícil que los medios ejercieran la labor de informar objetivamente al público sin dejarse presionar por intereses económicos o políticos, el ecosistema comunicativo del siglo XXI es un auténtico desafío para la verdad. La atención de la audiencia se reparte entre los medios sociales –millones de personas produciendo o compartiendo contenidos en internet– y los medios tradicionales. La menor audiencia de cada medio de comunicación y la crisis han llevado a un periodismo cada vez más partidista, más barato, a la caza de la atención para poder vender publicidad. Internet no es la gran plaza pública de la transparencia, al contrario, la personalización de las noticias trae un menú informativo cada vez más centrado en el mundo de cada usuario.

Es decir, si del lado de los medios la competencia es cada vez mayor, la audiencia se encuentra estimulada informativamente por miles de voces contradictorias. La reacción que genera es la de centrar la atención en unos cuantos medios afines y rodearse en las redes sociales de personas con las mismas ideas. Es decir, la mayor amenaza para la propia información es uno mismo.

Es en la mentalidad de cada uno en donde debe operarse el cambio para que tengamos un afán serio por conocer la realidad

Burbujas de convicciones
Varios libros han alertado últimamente sobre la sobreabundancia informativa, unida al peligro de que, en vez de una sociedad cohesionada, internet nos transforme en islas encerradas en burbujas de convicciones, no en espacios abiertos de intercambio de ideas. The Filter Bubble, de Eli Pariser; The Shallows, de Nicholas Carr; Contra el rebaño digital de Jaron Lanier y The Information Diet de Clay Johnson hablan de estos problemas. Los cuatro libros inciden sobre la influencia que el medio tiene sobre el mensaje, es decir, cómo la tecnología ha cambiado nuestra relación con la realidad. Pero si los dos primeros libros tienden a cierto pesimismo determinista, Johnson tiene el mérito de creer en la libertad humana para poder cambiar sus hábitos y defiende que la necesidad del esfuerzo personal por informarse mejor es un deber ético con uno mismo y con la sociedad.

Johnson es un hombre volcado durante más de diez años en la esfera pública. Su motivación inicial para entrar en el activismo fue que su madre enfermó de cáncer y Johnson estaba convencido de la necesidad de una sanidad pública para casos como el de su madre. Trabajó en los comités de apoyo de Howard Dean y de Obama y en organizaciones para la transparencia gubernamental. Cuando el presidente Obama aprobó la ley que amplía el servicio público de salud en EE.UU., popularmente conocida como “obamacare”, Johnson debería haber sentido una gran satisfacción, pero vio como la sociedad americana se dividía en una lucha partidista en la que lo de menos eran los datos.

En su libro The information diet, “dieta informativa”, Johnson explica su decepción al comprobar que a la gente no le importa la información sino la reafirmación de sus convicciones. Esa misma tendencia la reconoce en sí mismo cuando relata la cena de acción de gracias familiar del año anterior. El y su tío convirtieron la velada en una discusión política frustrante: cada uno estaba convencido de que el otro no estaba diciendo la verdad y terminaron insultándose, algo que desgraciadamente no sólo pasa cada vez más en EE.UU. sino también en España. La polarización política nos hace vivir en mundos paralelos.

Saber elegir
“Así como las empresas de alimentación se dieron cuenta de que, si querían vender muchas calorías baratas, deberían empaquetarlas con sal, grasa y azúcar –el tipo de cosas que la gente desea–, las empresas de medios de comunicación han aprendido que el refuerzo de las convicciones se vende mucho mejor que la información. ¿Quién quiere escuchar la verdad si puede escuchar que tiene razón?”, afirma en su libro.

Johnson hace un paralelismo entre el consumo de alimentos y el de información. Si hemos pasado de una época de escasez de ambos a una de sobreabundancia, el problema en nuestros tiempos no es consumir sino elegir. Así como nuestro organismo tiende a comer más de lo que necesita, nuestro cerebro está alerta a la caza de información y es muy fácil perderse la verdad en favor de la autoafirmación.

Un punto de partida sano, según el autor, es el socrático “sólo sé que no sé nada”: “acepta tu propia ignorancia como el único elemento del que estar seguro”. ¿Cuál es la solución? Johnson propone consumir información de forma consciente con flexibilidad y reforzando las virtudes como la fuerza de voluntad y el amor por la verdad. Es decir, que lo que consumamos sea realmente información, no solo opiniones; que no sea demasiada y que sea en lo posible de primera mano. Así como los periodistas responsables tienen un código ético –dice el autor– cada uno de nosotros también debería tenerlo: nunca busques y analices datos para tener razón sino para descubrir la verdad. No dejes que tus prejuicios supriman la búsqueda de la verdad.

Ir a la fuente
Descendiendo a la práctica, aconseja revisar la lista de personas de las que somos amigas en las redes sociales y preguntarnos cuántas de ellas no comparten nuestra ideología; desaconseja utilizar la televisión como medio de información, salvo aquellos canales que transmiten en directo comparecencias y ruedas de prensa; propone un mejor conocimiento de las habilidades tecnológicas, para saber encontrar fuentes documentales en internet y no fiarse de las interpretaciones de los medios; así como emplear más interés en los asuntos locales o en aquellos que se pueden solucionar que en grandes debates que no tienen un remedio inmediato (la injusticia, el poder, la ignorancia, etc.).

“El patrón de comportamiento debería ser el siguiente: busque información directamente en las fuentes y cuando la información requiera que usted actúe, trate directamente con la fuente. Depender demasiado de intermediarios para informarse y para el activismo reduce su habilidad para conocer la verdad y disuelve su capacidad de cambiar las cosas”.

Johnson es un experto en iniciativas sobre transparencia pública y por eso mismo no cree que la transparencia sola sea la solución, ya que hay millones de datos públicos a los que la gente no presta atención por falta de interés. Aspira a una conjunción entre programadores informáticos y periodistas para mejorar la información. Así y todo, es en la mentalidad de cada uno en donde debe operarse el cambio para que tengamos un afán serio por conocer la realidad. El libro sería el inicio de una conspiración en favor de la verdad informativa que prosigue en el sitio web que ha puesto en marcha
http://www.informationdiet.com/ y donde comparte soluciones y herramientas informáticas.

El problema, viene a decir, es de actitud. No le eches la culpa a los medios, cámbialos mediante elecciones conscientes. Los medios sólo quieren vender, el problema es lo que queremos consumir.