Mostrando entradas con la etiqueta nueva evangelización. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta nueva evangelización. Mostrar todas las entradas

miércoles, 31 de julio de 2013

Cuando el cristiano se comporta como tal siempre convence



Entrevista a Joaquín Navarro-Valls, exportavoz del Vaticano.

 
 02 Oct. 12 /(ACI/EWTN Noticias)


 Joaquín Navarro-Valls, quien fuera director de la Sala de Prensa de la Santa Sede al servicio del Beato Papa Juan Pablo II por más de 20 años, afirmó que "cuando el cristiano se comporta como cristiano convence siempre, e incide en el ámbito institucional, colectivo o familiar donde se encuentra".

"Una persona con convicciones posee una fuerza infinitamente superior a la de quien solamente tiene intereses", señaló, y añadió que "el cristianismo es sobre todo un modo de vivir, que razona la vida, la explica y la hace comprensible", continuo diciendo durante su intervención en la IV Jornada de Católicos y Vida Pública que organiza la Universidad de Santo Tomás, en Antofagasta (Chile), el 1 y 3 de octubre.

Navarro-Valls advirtió que se formulan mal los temas de la comunicación y el testimonio público si se cree "que la transmisión de la fe depende de poseer una excelente técnica comunicativa. Esto tiene algo de verdad, pero en su conjunto es falso".

"Los primeros cristianos comunicaban magníficamente, pero ninguno poseía una licenciatura en comunicaciones, ni tenían un extraordinario nivel cultural", indicó.

El exportavoz vaticano remarcó que "los primeros creyentes sabían que la vida pública era mucho más que la vida pública política. La vida pública la formamos nosotros".

Navarro-Valls también señaló en su ponencia que una democracia debería reconocer ante todo la naturaleza religiosa del ser humano.

"Cuando un Estado, por ejemplo, respeta la religión, no debe hacerlo como un fenómeno cultural sino antropológico", subrayó.

Navarro-Valls aseguró que en la historia de la humanidad "no ha existido nunca una cultura no religiosa. Existen personas que no creen, pero las culturas han sido religiosas siempre".

"El agnosticismo es un fenómeno histórico reciente, es la secularización del pensamiento original humano que era religioso", indicó.

Citando al pensamiento de santos, Navarro-Valls, señaló que "Santo Tomás mismo sentía la necesidad de hablar de la importancia social de la religión, porque estaba convencido de que la expulsión de lo religioso de las leyes del Estado sería asistir a la extinción de la justicia".

"El mismo pensamiento se repite en otros autores como San Agustín, que consideraba que sin religión el Estado no sería sino una gran banda de ladrones", recordó.

Navarro-Valls criticó a quienes ven a la fe católica como un hecho cultural, pues "el error de esta visión es no tener en cuenta la enorme diferencia que separa el disfrute de una obra de arte de la relación humana con Dios".

"Si bien puedo apreciar una pirámide egipcia sin ver en ella ningún elemento de verdad, no puedo rezar si no creo que hay Alguien que me escucha", indicó.

El exportavoz vaticano también rechazó que la fe católica sea exclusivamente un código moral, como algunos creen y difunden.

"A Dios le confío toda mi existencia, a un código moral no le concedo ni un cuarto de hora de mi vida", señaló.

Navarro-Valls advirtió que en medio de la actual situación neopagana que se vive en el mundo, "la fe no puede jugar ya a la defensiva, no puede hacer un fútbol a la defensiva. Ya no es una tradición por salvaguardar, sino una perspectiva de vida futura que hay que recrear y construir".

"Esa es la tarea que tenemos nosotros. Una posibilidad nueva, grande y auténtica, muy parecida y similar a la de los primeros cristianos".

El exportavoz del Beato Juan Pablo II relató que en una ocasión, poco antes de hablar frente a los representantes de las Naciones Unidas y a pesar de que oficiaría Misa en la tarde, en el Yankee Stadium, el Santo Padre pidió que preparasen lo necesario para la celebración eucarística porque sintió la necesidad de suplicar a Dios una fuerza especial.

Con esta anécdota, Navarro-Valls explicó que a pesar de cualquier estrategia elaborada, si falta la necesidad del trato directo, personal, con Dios, "no va a ninguna parte".

"Juan Pablo II tenía tal familiaridad con Cristo, una unión casi ideal, que le permitía prácticamente actuar como Cristo en cada circunstancia", señaló.

Navarro-Valls indicó que en su convivencia con "tres santos Josemaría Escrivá, Juan Pablo II y la beata Teresa de Calcuta", encontró algo común, "el sentido de la responsabilidad de la propia vida".

"Pero la cosa que se veía inmediatamente en los tres era el buen humor, incluso en situaciones en las que todo hacía pensar que lo más adecuado era llorar", dijo.

El exportavoz vaticano calificó a este buen humor como una "virtud que el cristiano debe vivir y proponer como un rasgo definitivo del cristianismo".





lunes, 13 de mayo de 2013

Francisco, un Papa anticlerical


En poco más de dos meses, el Papa Francisco no ha tenido suficiente tiempo para dar pistas de por donde va a ir su línea de pontificado, pero algunos temas han quedado ya muy claros: por ejemplo, su idea del sacerdocio.

Artículo de Rafael Gómez Pérez / www.aceprensa.com

Se puede afirmar que el Papa es anticlerical, en el sentido de que fustiga el clericalismo. Y lo hace con acentos claros, inequívocos, precisamente por amor al sacerdocio tal como, afirma, lo quiso Cristo en la Iglesia.

El tema es antiguo y tiene que ver con las históricas mezclas de política y religión que tanto se desviaron de lo que era diáfano en el Evangelio, “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. En este diseño, el sacerdote es el mediador entre Dios y los hombres y, por tanto, no debe
entrar en la política partidista.

Dos tipos de anticlericalismo
De todo esto hay un precedente importante en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá. En sus escritos se puede encontrar, por ejemplo, la distinción entre un “anticlericalismo malo” –que atacando al clero en realidad pretende atacar la religión– y un “anticlericalismo bueno”, basado en el deseo de que el sacerdote no usurpe funciones y actividades que son propias de los laicos. Con frecuencia, San Josemaría Escrivá añadía que era anticlerical por amor al sacerdocio.

El Papa Francisco, dirigiéndose a los participantes en la centésimo quinta asamblea plenaria del episcopado de Argentina, se expresaba así, repitiendo una de las ideas claves aparecidas en estos dos meses: la necesidad de que la Iglesia –es decir, todos los católicos– salga a la calle: “Una Iglesia que no sale, a la corta o a la larga se enferma en la atmósfera viciada de su encierro.

Es verdad también que a una Iglesia que sale le puede pasar lo que a cualquier persona que sale a la calle: tener un accidente. Ante esta alternativa, les quiero decir francamente que prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma. La enfermedad típica de la Iglesia encerrada es la autorreferencial; mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio. Es una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado, y luego nos impide experimentar «la dulce y confortadora alegría de evangelizar»”.

“Mundanidad espiritual” es como una mundanidad revestida, disfrazada de espiritual. Y “clericalismo sofisticado” es un clericalismo que también se disfraza para no parecerlo. Más adelante emplea la expresión “solteronía clerical”, refiriéndose a un mal que se evita con la alegría que emana de la Cruz.

Salir a la calle
El Papa añadía: “sí, hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las «periferias» donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones. No es precisamente en autoexperiencias ni en introspecciones reiteradas que vamos a encontrar al Señor: los cursos de autoayuda en la vida pueden ser útiles, pero vivir nuestra vida sacerdotal pasando de un curso a otro, de método en método, lleva a hacernos pelagianos, a minimizar el poder de la gracia que se activa y crece en la medida en que salimos con fe a darnos y a dar el Evangelio a los demás; a dar la poca unción que tengamos a los que no tienen nada de nada”.

Y concluía: “El sacerdote que sale poco de sí, que unge poco –no digo «nada» porque, gracias a Dios, la gente nos roba la unción– se pierde lo mejor de nuestro pueblo, eso que es capaz de activar lo más hondo de su corazón presbiteral. El que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor «ya tienen su paga», y puesto que no ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón”.

En la misa crismal del Jueves Santo, 28 de marzo, insistía: “Conscientes de haber sido escogidos entre los hombres y puestos al servicio de ellos en las cosas de Dios, ejerced con alegría perenne, llenos de verdadera caridad, el ministerio de Cristo Sacerdote, no buscando el propio interés, sino el de Jesucristo. Sois Pastores, no funcionarios. Sois mediadores, no intermediarios”.

Defensa de lo esencial
Es cierto que también se utiliza el término de clericalismo o de intervención en los asuntos políticos cuando los sacerdotes, obispos o el mismo Papa se pronuncian sobre cuestiones humanas y sociales que afectan de modo central y decisivo a la moral como, por poner el caso más dramático, el aborto.

En una recientísima, de abril, y algo precipitada biografía del Papa (Francisco. El papa de la gente, Aguilar, Madrid, 2013, 330 páginas), de la periodista argentina Evangelina Himitian, se citan –sin indicar la fuente– estas palabras del entonces obispo Bergoglio, a la pregunta de hasta dónde debía involucrarse la Iglesia con la realidad, denunciando, por ejemplo, situaciones de injusticia, sin caer en una desviación política: “Creo que la palabra partidista es la que más se ajusta a la respuesta que quiero dar. La cuestión es no meterse en la política partidaria, sino en la gran política que nace de los mandamientos y del Evangelio. Denunciar atropellos de los derechos humanos, situaciones de explotación o exclusión, carencias en la educación o en la alimentación, no es hacer partidismo. El Compendio de la Doctrina Social
de la Iglesia está lleno de denuncias y no es partidista. Cuando salimos a decir las cosas, algunos nos acusan de hacer política. Yo les respondo: sí, hacemos política en el sentido evangélico de la palabra, pero no partidista”.

Saliendo a la calle e interviniendo en los asuntos en los que están en juego los derechos humanos y la dignidad de la persona, la Iglesia se presenta potencialmente como la única realidad contracorriente en una cultura que ha hecho de la componenda a corto plazo la esencia de un precario y escuálido pensamiento político y social.















viernes, 15 de febrero de 2013

Ideas madre del Pontificado de Benedicto XVI


A lo largo del pontificado, Benedicto XVI ha dejado una serie de líneas maestras, enseñanzas y hasta expresiones que han calado en la vida de la Iglesia. Destacamos algunas de estas contribuciones.

resumen / www.aceprensa.com



 “Fe y razón se reencuentran de un modo nuevo”
 La idea de que fe y razón se necesitan ha sido una de las más recurrentes en el magisterio de Benedicto XVI, de modo especial en su discurso en la Universidad de Ratisbona en 2006. Allí abogó por “ampliar nuestro concepto de razón y de su uso”, para evitar la ceguera de la razón ante los criterios que le dan sentido. “Sólo lo lograremos si la razón y la fe se reencuentran de un modo nuevo, si superamos la limitación que la razón se impone a sí misma de reducirse a lo que se puede verificar con la experimentación, y le volvemos a abrir sus horizonte en toda su amplitud” . A su vez, la fe necesita el diálogo con la razón moderna.
 
“La dictadura del relativismo”
 En la homilía que pronunció en la Misa al comienzo del Cónclave, como Cardenal Decano, apareció ya esta expresión “dictadura del relativismo”, que luego se haría célebre.
 
“Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última media solo el propio yo y sus ganas”.
 
“Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo. ‘Adulta’ no es la fe que sigue las olas de la moda y la última novedad; adulta y madura es la fe profundamente radicada en la amistad con Cristo. Es esta amistad que nos abre a todo aquello que es bueno y nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre engaño y verdad”.

El problema hoy día es que “en nombre de la tolerancia se elimine la tolerancia”. Por ejemplo, declaraba en el libro Luz del mundo, “cuando en nombre de la no discriminación se quiere obligar a la Iglesia católica a modificar su postura frente a la homosexualidad o a la ordenación de mujeres, quiere decir que ella no debe vivir más su propia identidad y que, en lugar de ello, se hace de una abstracta religión negativa un parámetro tiránico al que todo el mundo tiene que adherirse”.

Vaticano II: “La hermenéutica de la reforma”
El modo de entender el Concilio Vaticano II ha sido uno de los temas cruciales de las tensiones en la Iglesia. El Papa quiso aclarar la “justa interpretación del Concilio”, su hermenéutica, en un importante discurso que dirigió a la Curia en su primer año de pontificado.

Contrapuso allí la “hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura” y la “hermenéutica de la reforma”. Según la primera, “no habría que seguir los textos del Concilio, sino su espíritu”, ya que “los textos reflejarían sólo de manera imperfecta el verdadero espíritu del Concilio y su novedad, sería necesario ir audazmente más allá de los texto”. Para el Papa esto “deja espacio a toda arbitrariedad”.

En cambio, la hermenéutica de la reforma se basa en lo que proponía Juan XXIII al comienzo del Concilio: “Es necesario que esta doctrina cierta e inmutable, que debe ser respetada fielmente, se profundice y presente de manera que corresponda a las exigencias de nuestro tiempo”. Para Benedicto XVI, el Concilio buscaba esta “síntesis de fidelidad y de dinamismo”, de manera especial en tres ámbitos: definir de manera nueva la relación entre fe y ciencia moderna; entre la Iglesia y el Estado moderno; entre la fe cristiana y las religiones del mundo.

Nueva evangelización: “Redescubrir la alegría de creer”
Ante las dificultades que encuentra la fe en una sociedad secularizada, Benedicto XVI ha lanzado una propuesta audaz de nueva evangelización, para lo cual ha creado un dicasterio especial en el Vaticano y ha convocado un Año de la Fe. “El término ‘nueva evangelización’– dijo en el discurso dirigido a este organismo– recuerda la exigencia de una modalidad renovada de anuncio, sobre todo para aquellos que viven en un contexto, como el actual, donde los desarrollos de la secularización han dejado graves huellas incluso en países de tradición cristiana”.

“También para quien sigue vinculado a las raíces cristianas, pero vive la difícil relación con la modernidad, es importante hacer que comprenda que ser cristiano no es una especie de vestido que se lleva en privado o en ocasiones particulares, sino que se trata de algo vivo y totalizante, capaz de asumir todo lo que de bueno existe en la modernidad”.

En el documento en que convocaba el Año de la Fe, Benedicto XVI hacía un llamamiento a favor de “una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe”.

La religión contribuye al debate ético en las democracias
En su visita histórica al Parlamento británico en 2010, Benedicto XVI pronunció un discurso que constituye un punto de referencia para analizar las relaciones entre religión y política. Frente a quienes confían en el mero consenso social como criterio suficiente para aprobar unas leyes, el Papa señaló que hay unas reglas éticas que son anteriores y superiores a la vida política, y que la democracia se debilita cuando las ignora.

“Sin la ayuda correctora de la religión –advirtió Benedicto XVI–, la razón puede ser también presa de distorsiones, como cuando es manipulada por las ideologías o se aplica de forma parcial en detrimento de la consideración plena de la dignidad de la persona humana”. Pero también es necesario el papel corrector de la razón “frente a expresiones deformadas de la religión, tales como el sectarismo y el fundamentalismo”.

Así pues, “se trata de un proceso en doble sentido”. El Papa quiso dejar claro que en el proceso político no debe haber una lucha entre la mentalidad secular y la religiosa en competencia para aplicar sus propias normas en el ámbito civil. “El mundo de la razón y el mundo de la fe –el mundo de la racionalidad secular y el mundo de las creencias religiosas– necesitan uno de otro y no deberían tener miedo de entablar un diálogo profundo y continuo, por el bien de nuestra civilización”.

Derecho: “¿Cómo sabemos lo que es justo?”
 En su discurso en el Bundestag alemán en 2011 Benedicto XVI se preguntó sobre los fundamentos del Derecho:”¿Cómo podemos distinguir entre el bien y el mal, entre el derecho verdadero y el derecho sólo aparente?”.

“Para gran parte de la materia que se ha de regular jurídicamente, el criterio de la mayoría puede ser un criterio suficiente. Pero es evidente que en las cuestiones fundamentales del derecho, en las cuales está en juego la dignidad del hombre y de la humanidad, el principio de la mayoría no basta”.

La idea del derecho natural fue rechazada por el empeño de encerrar a “la razón en una visión positivista, que muchos consideran como la única visión científica”. Benedicto XVI reconoció que “la visión positivista del mundo es en su conjunto una parte grandiosa del conocimiento humano”, pero añadió que no es suficiente.

Para reconocer lo que es justo, el Papa propuso volver a “escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder a él coherentemente”. “El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo”.

“La religión es una fuerza de paz”
Frente a quienes piensan que las creencias religiosas llevan dentro de sí un germen de fanatismo y de violencia, Benedicto XVI ha subrayado el valor de la religión como una fuerza positiva y promotora de la construcción de la sociedad civil y política.

El Papa siempre ha condenado cualquier intento de justificar la violencia por motivos religiosos. En la Jornada Mundial de la Paz de 2011 recordó con firmeza que “el fanatismo, el fundamentalismo, las prácticas contrarias a la dignidad humana, nunca se pueden justificar y mucho menos si se realizan en nombre de la religión. La profesión de una religión no se puede instrumentalizar ni imponer por la fuerza”.

Unos meses después, en su encuentro en Asís con los representantes de las religiones del mundo, volvió a insistir en la necesidad de “purificar constantemente la religión” para evitar un uso abusivo y distorsionado de la fe.

Frente a los extremos de la religión distorsionada y la anti-religión, Benedicto XVI clama que “la orientación del hombre hacia Dios, vivida rectamente, es una fuerza de paz”. Los creyentes contribuyen a reforzar la cohesión social cuando tienen presente que “el Dios en que nosotros los cristianos creemos es el Creador y Padre de todos los hombres, por el cual todos son entre sí hermanos y hermanas y forman una única familia”.

Necesidad de conversión en la Iglesia
Su amor a la Iglesia no le ha impedido reconocer los males que era necesario rectificar, como lo demostró su postura inflexible contra los abusos sexuales cometidos por sacerdotes. Tuvo que enfrentarse al estallido de los casos de pederastia, que en su mayor parte se remontaban varias décadas atrás. Benedicto XVI reconoció el dolor de las víctimas, se reunió con ellas en diversas ocasiones, pidió perdón y dio normas estrictas para sancionar y prevenir estos casos, sin ocultarlos. Su carta a los católicos de Irlanda es una buena síntesis de su actitud.
 
Frente a los que piden más reformas estructurales en la Iglesia, Benedicto XVI ha destacado siempre que ninguna reforma será eficaz en la Iglesia si no hay una conversión interior, a la que están llamados todos los fieles. Por eso, indicaba que la convocatoria del Año de la Fe “es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor”.

Dialogar con todos
Aunque Benedicto XVI se ha mostrado siempre firme en su defensa de la fe, ha procurado limar asperezas y tender puentes dentro y fuera de la Iglesia. Movido por un afán de unidad, ha intentado atraer a quienes por un motivo u otro se habían apartado de Roma.

Respondiendo a peticiones de sectores anglicanos, no ha tenido inconveniente en ofrecerles dentro de la Iglesia católica un Ordinariato en el que pueden conservar sus tradiciones litúrgicas. Ha intentado atraer a los lefebvrianos, permitiéndoles la liturgia anterior al Vaticano II y levantando la excomunión a los obispos que han aceptado la autoridad del Papa, pero no ha logrado obtener una respuesta definitiva a su oferta de unidad. En la misma línea, ha intentado superar las divisiones en la Iglesia en China, levantando la excomunión a los obispos que reconocen el primado del Papa, aunque hayan sido nombrados por el gobierno.

Hacia fuera de la Iglesia católica, ha seguido el empeño ecuménico y mejorado las relaciones con otras confesiones. Como botón de muestra, el arzobispo ortodoxo Hilarión, responsable de las relaciones exteriores del Patriarcado de Moscú, ha dicho respecto a sus encuentros personales con el Papa: “me asombró su actitud sosegada y reflexiva, su sensibilidad ante las cuestiones que planteábamos, su deseo de resolver juntos los problemas que surgen en nuestras relaciones”.

También ha sabido dialogar con los no creyentes, invitándoles a hablar en encuentros como el de Asís o en la iniciativa del “Atrio de los gentiles”, algo que ha movido a decir a la escritora francesa Julia Kristeva: “Hemos comprendido que se ha terminado el tiempo de la sospecha” entre creyentes y no creyentes.